Comprender cómo el patriarcado y las violencias —las visibles y las que se infiltran en lo cotidiano— impactan en la salud de las mujeres es apenas el comienzo. Porque cuando hablamos de esto, no hablamos de teorías lejanas: hablamos de nosotras, de las personas que acompañamos, de nuestras colegas, de historias atravesadas por exigencias desmedidas, silencios aprendidos, culpas heredadas y mandatos que han moldeado nuestra manera de sentir y estar en el mundo.
En la consulta, muchas mujeres comparten la pregunta “¿qué me pasa?”, y juntas empezamos a abrir otra más amplia: “¿qué te ha pasado?” y “¿qué has tenido que sostener casi sola?”. Reconocemos cómo aprendimos —muchas veces desde muy temprano— a priorizar a otros, a minimizar el malestar, a desconfiar de nuestra intuición. Esa carga acumulada, a veces imperceptible pero constante, deja huellas: ansiedad persistente, agotamiento profundo, sensación de no ser suficientes, dificultad para poner límites sin culpa.
Trabajar desde una perspectiva feminista e integradora significa que no miramos el síntoma aislado de su contexto. Se crean espacios terapéuticos donde la experiencia de las mujeres es validada, donde la rabia no sea patologizada, donde la tristeza no sea fragilidad y donde el deseo de cambio encuentre sostén y respeto.
A continuación, comparto algunos de los aspectos que se tienen en cuenta en las sesiones para trabajar desde una perspectiva feminista:
1. Validación y reconocimiento del contexto
En nuestras sesiones partimos de algo esencial: escucharnos sin juicio y sin minimizar lo que sentimos. Muchas de nosotras hemos aprendido a dudar de nuestra propia experiencia, por eso validar lo que vivimos es el primer gesto reparador.
Reconocemos que muchas conductas, emociones o creencias no surgieron porque “algo esté mal en nosotras”, sino como estrategias adaptativas frente a contextos de desigualdad, exigencia o violencia. Lo que hoy aparece como ansiedad, hiperresponsabilidad o dificultad para decir que no, muchas veces fue una forma inteligente de sobrevivir.
También ponemos palabras a las violencias invisibles: la sobrecarga de cuidados, el gaslighting, la presión por cumplir roles de género, la violencia económica o relacional. Nombrarlas nos permite comprender que nuestro malestar no es un fallo individual, sino una respuesta a un entorno concreto.
Exploramos juntas momentos en los que internalizamos mensajes como “debo ser fuerte”, “no debo molestar” o “tengo que poder con todo”, y cómo esas ideas siguen influyendo en nuestras emociones y decisiones actuales.
2. Reparación del trauma desde la regulación corporal y emocional
Sabemos que el trauma no solo se recuerda, también se siente en el cuerpo. Por eso incorporamos técnicas que nos ayuden a regular el sistema nervioso: respiración consciente, mindfulness, recursos somáticos, trabajo corporal suave y EMDR.
Comprendemos que síntomas como la hipervigilancia, la tensión constante o ciertos malestares físicos no son debilidades personales, sino respuestas adaptativas ante situaciones de amenaza sostenida.
Trabajamos con estrategias de grounding y enfoque en sensaciones corporales para reconstruir una sensación interna de seguridad. Buscamos que nuestro cuerpo deje de estar en alerta permanente y pueda experimentar calma y estabilidad.
3. Trabajo con límites y autonomía
Exploramos cómo los mandatos de género han influido en nuestra dificultad para expresar necesidades, deseos o límites. Muchas mujeres aprendieron que priorizarse era egoísta o peligroso. Acompañamos el proceso de identificar qué necesitamos realmente y cómo comunicarlo de manera segura y respetuosa. Aprender a poner límites no es endurecernos, sino cuidarnos.
También trabajamos la toma de decisiones desde la agencia: elegir desde la claridad y no desde el miedo, la culpa o la obligación.
4. Reconexión con nuestra narrativa
Revisamos la historia incluyendo el contexto social y relacional. Esto nos permite transformar los relatos centrados en la culpa o la autoexigencia en narrativas que reconozcan la resiliencia, los recursos y las estrategias de supervivencia.
Cuando entendemos que hicimos lo que pudimos con las herramientas que teníamos, disminuye la auto-crítica y crece la compasión hacia nosotras mismas, fundamental para el autocuidado.
En definitiva, integrar las experiencias pasadas no significa justificarlas, sino darles sentido para que dejen de aparecer como malestar persistente.
5. Creación de redes de apoyo
Sabemos que el aislamiento es una consecuencia frecuente de las violencias invisibles. Muchas veces hemos aprendido a callar, a resolver solas, a no compartir lo que duele. Por eso, en el proceso terapéutico favorecemos la creación y el cuidado de redes de apoyo seguras.
Exploramos qué personas, espacios o vínculos pueden convertirse en sostén real: amistades, familiares, compañeras, recursos comunitarios. También trabajamos cómo fortalecer esos lazos, cómo pedir ayuda y cómo diferenciar relaciones nutritivas de aquellas que perpetúan dinámicas de desgaste o invalidación.
No se trata solo de “tener gente alrededor”, sino de construir vínculos donde podamos mostrarnos con autenticidad, sentirnos escuchadas y acompañadas. Porque cuando dejamos de vivir el malestar en soledad, empezamos a recordar que lo que nos ocurre no es únicamente individual, sino que está atravesado por lo social y lo relacional. Algo especialmente importante durante la maternidad.
6. Promoción del bienestar
No solo trabajamos el dolor; también cultivamos recursos de bienestar sostenido. Revisamos hábitos, ritmos de vida y exigencias que recaen históricamente de forma desproporcionada sobre las mujeres.
Aprendemos a identificar microviolencias cotidianas y a responder desde la seguridad personal, fortaleciendo nuestra claridad interna y autoestima.
En resumen
Trabajar desde una perspectiva feminista e integradora significa poner el trauma y las violencias de género en el centro de nuestra comprensión, sin reducir lo que vivimos a “problemas individuales”.
Es, entre otras cosas, acompañarnos a recuperar la voz, el cuerpo, el límite y la autonomía. Entendemos que sanar no es solo aliviar síntomas, sino también cuestionar los mandatos que sostuvieron el sufrimiento.
Así, la psicoterapia pretende ser un espacio seguro, reparador y transformador para empezar a vivir con mayor tranquilidad, seguridad y agencia sobre nuestras vidas.
Añadir comentario
Comentarios