En consulta es frecuente escuchar frases como:
“Sé que estoy a salvo, pero mi cuerpo no lo siente” o “No entiendo por qué reacciono así, si en realidad no me está pasando nada grave”.
Muchas veces, lo que aparece no tiene su origen únicamente en la historia personal, sino en experiencias de trauma que pertenecen a generaciones anteriores y que nunca pudieron elaborarse. A esto lo llamamos trauma intergeneracional, y es una respuesta adaptativa a una historia que va más allá de lo individual.
¿Qué es el trauma intergeneracional?
El trauma intergeneracional se refiere a la transmisión de los efectos del trauma de una generación a otra. No se hereda el recuerdo exacto de lo vivido, sino las huellas emocionales, corporales y relacionales de experiencias que no pudieron ser elaboradas en su momento.
Estas experiencias pueden haber ocurrido mucho antes de que naciéramos, pero aun así influyen en cómo sentimos, cómo nos vinculamos y cómo habitamos el mundo. El trauma se transmite, muchas veces, no por lo que se dice, sino por lo que no pudo decirse: silencios, miedos normalizados, emociones reprimidas, climas familiares marcados por la inseguridad o la exigencia.
Estas huellas pueden manifestarse de distintas maneras en la vida cotidiana, por ejemplo como:
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dificultad para regular las emociones
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hipervigilancia o sensación constante de peligro
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patrones de apego inseguros
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autoexigencia extrema o dificultad para descansar
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problemas para poner límites o priorizarse
En estos casos, es frecuente crecer con una sensación difusa de que “algo no está bien”, sin poder ubicar claramente el origen. A veces no hay un evento traumático propio identificable, y aun así el cuerpo y el sistema nervioso reaccionan como si el peligro estuviera siempre presente.
El síntoma como adaptación
Es importante recordar, que los síntomas no son fallos, son intentos de protección. En contextos de violencia, inseguridad, abandono emocional o amenaza constante, el cuerpo y el sistema nervioso aprenden estrategias para sobrevivir. Algunas de ellas pueden ser callar, anticiparse al peligro, desconectarse del sentir, controlar el entorno o hacerse cargo de todo para evitar el caos.
Estas respuestas fueron, en su momento, inteligentes y necesarias. El problema aparece cuando esas estrategias se consolidan y se transmiten sin ser revisadas, pasando de una generación a otra como formas automáticas de estar en el mundo, incluso cuando el contexto ya no es el mismo.
Un ejemplo para comprenderlo mejor
Imaginemos a una mujer que crece con una madre muy controladora y ansiosa. Desde pequeña aprende que debe portarse bien, no generar problemas, no molestar y estar siempre atenta a las necesidades de los demás. Aprende, sin que nadie se lo diga explícitamente, que el error es peligroso y que relajarse no es una opción.
En la vida adulta, esta mujer puede experimentar:
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dificultad para relajarse
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miedo intenso a cometer errores
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culpa al poner límites
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una sensación constante de responsabilidad excesiva
En terapia, al explorar la historia familiar, aparece que su madre creció en un contexto de violencia de género y precariedad, donde estar alerta, controlar cada detalle y anticiparse a los riesgos era una forma de supervivencia.
La madre no transmitió el trauma con palabras, sino con su forma de relacionarse con el mundo, y su hija heredó una estrategia de supervivencia que ya no necesita, pero que su cuerpo sigue activando de manera automática.
Comprender esto no busca culpar a nadie. Al contrario, permite dar sentido, salir de la autoacusación y abrir la posibilidad de elegir nuevas formas de habitarse y de estar en el mundo.
Perspectiva feminista: el trauma en la historia de las mujeres
La mirada feminista es fundamental para comprender el trauma intergeneracional, porque muchas de las experiencias traumáticas que se transmiten están vinculadas a violencias estructurales contra las mujeres.
Durante generaciones, muchas mujeres han vivido:
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violencia machista normalizada
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silenciamiento del abuso sexual
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maternidades sin apoyo ni elección
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dependencia económica
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negación de la rabia, el deseo y la autonomía
El mandato ha sido resistir, cuidar y seguir adelante. Ese “seguir” permitió la supervivencia, pero también dejó duelos sin elaborar, miedos no nombrados y emociones reprimidas que se transmiten en la crianza, en los vínculos y en la forma de relacionarse con una misma.
Desde esta perspectiva, el trauma intergeneracional no es solo un fenómeno individual, sino social y político.
El cuerpo como memoria viva
El trauma no vive solo en la mente. El cuerpo guarda memoria de aquello que fue peligroso, incluso cuando no hay un recuerdo consciente.
Por eso, el trauma intergeneracional puede manifestarse a nivel corporal como:
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tensión crónica
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dificultad para sentir seguridad
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reacciones intensas ante situaciones aparentemente pequeñas
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desconexión emocional o corporal
Es importante recordarnos que el cuerpo no está exagerando: está respondiendo a aprendizajes antiguos que en su momento fueron necesarios.
¿Cómo se aborda en terapia?
Trabajar el trauma intergeneracional implica ir más allá del relato racional. No se trata solo de entender la historia, sino de crear experiencias nuevas de seguridad.
Sanar no es revivir el trauma, sino permitir que el sistema nervioso aprenda que ahora hay más opciones.
El trabajo terapéutico al tomar conciencia de estos patrones adquiridos —nombrar lo que dolió, poner límites, cuidarse sin culpa y construir vínculos más seguros— es una forma de romper ciclos y generar reparación, no solo para una misma, sino también para nuestras hijas.
El trauma intergeneracional se origina en contextos sociales y relacionales, y también se transforma en relación.
Porque sanar no significa borrar nuestra historia, sino comprender para dejar de vivirla únicamente como herida heredada.
Si sientes que este texto resuena contigo y deseas explorar tu proceso en un espacio seguro, respetuoso y sin juicios, puedes ponerte en contacto conmigo. La terapia puede ser el comienzo de una forma más habitable de estar en tu cuerpo, en tus vínculos y en tu vida.
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