Algunas personas, después de haber vivido una situación emocionalmente muy intensa o estresante, comienzan a experimentar sensaciones extrañas: sentirse desconectadas de sí mismas, como si estuvieran en una nube, notar el entorno un poco irreal o tener dificultades para concentrarse y recordar cosas.
Esa vivencia se puede expresar con frases como: “sé que estoy aquí, pero no me siento del todo presente”, “todo parece un poco raro o lejano” o “a veces mi mente se queda en blanco”. Estas experiencias pueden generar miedo o confusión, aunque sabemos que, en muchos casos, tienen que ver con cómo el sistema nervioso intenta protegernos ante un nivel alto de estrés o impacto emocional.
El cerebro y el cuerpo están diseñados para protegernos
Nuestro organismo cuenta con un sistema de supervivencia muy sofisticado. Cuando el cerebro percibe peligro o una situación muy intensa emocionalmente, activa el sistema de alerta para prepararnos para reaccionar.
En ese momento se liberan hormonas del estrés, como adrenalina y cortisol, que ayudan al cuerpo a ponerse en modo supervivencia: el corazón late más rápido, la respiración cambia y la atención se dirige hacia aquello que parece amenazante o importante.
Este mecanismo es muy útil en situaciones de riesgo puntual. Sin embargo, cuando la activación es muy intensa o se mantiene durante un tiempo prolongado, el cerebro empieza a priorizar la supervivencia frente a otras funciones, como reflexionar con calma, concentrarse o recordar con claridad.
Qué es la disociación
En situaciones especialmente abrumadoras, el sistema nervioso puede activar otro mecanismo de protección: la disociación.
La disociación consiste, de forma simplificada, en una desconexión parcial de la experiencia. Es como si el cerebro bajara el volumen de lo que está ocurriendo para que la vivencia resulte menos abrumadora.
Puede manifestarse de distintas maneras, por ejemplo:
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sensación de estar desconectado de una misma (despersonalización)
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sensación de que el entorno es extraño o irreal (desrealización)
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dificultad para concentrarse
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sensación de “mente en blanco”
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emociones apagadas o distantes
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olvidos o recuerdos fragmentados
Desde el punto de vista neuropsicológico y fisiológico, la disociación implica una serie de cambios coordinados en el funcionamiento del cerebro y del sistema nervioso. Cuando una experiencia resulta especialmente abrumadora, estructuras cerebrales implicadas en la detección del peligro, como la amígdala, pueden activarse con mucha intensidad, mientras que otras áreas encargadas de organizar la experiencia y darle sentido —como el hipocampo y la corteza prefrontal— reducen temporalmente su actividad. Al mismo tiempo, el sistema nervioso autónomo puede pasar de un estado de activación intensa a un estado de “desconexión” o inmovilización que disminuye la intensidad de las sensaciones corporales y emocionales.
En ese contexto, el cerebro tiende a priorizar la protección frente a la integración de la experiencia, lo que puede hacer que las emociones se sientan más lejanas, que el entorno parezca extraño o que la memoria y la concentración funcionen con más dificultad.
La disociación no es un fallo del cerebro ni algo que provoquemos voluntariamente, sino una forma en la que el organismo intenta amortiguar el impacto de situaciones que resultan demasiado intensas para procesarlas en ese momento.
Por qué el estrés puede afectar a la memoria
Cuando el sistema de alerta está muy activado, las hormonas del estrés —especialmente el cortisol— pueden influir en algunas áreas del cerebro implicadas en la memoria y la orientación.
Una de estas áreas es el hipocampo, una estructura fundamental para organizar, integrar y almacenar los recuerdos. Cuando el organismo está en modo supervivencia, el funcionamiento de estas redes puede verse temporalmente alterado.
Por eso, después de una experiencia muy intensa o en momentos de alta activación, es relativamente frecuente que aparezcan cosas como:
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dificultad para recordar conversaciones recientes
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sensación de confusión o desorientación
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problemas para concentrarse en tareas cotidianas
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recuerdos poco claros o fragmentados
Esto no significa que la memoria esté dañada ni que exista un problema de capacidad intelectual. Lo que ocurre es que el cerebro está priorizando la protección frente al procesamiento tranquilo de la información.
Comprender lo que ocurre ya es parte del proceso de regulación
Cuando se está experimentando un proceso de disociación puede generar cierto alivio entender que estas experiencias tienen una explicación en el funcionamiento del sistema nervioso. No son signos de debilidad ni de falta de control; son respuestas adaptativas que normalmente en algún momento ayudaron a la persona a sobrellevar situaciones difíciles.
La buena noticia es que el sistema nervioso también tiene una gran capacidad de regularse y recuperar el equilibrio. Cuando la persona empieza a sentirse más segura y aprende a reconocer sus estados internos, el cerebro puede salir progresivamente de ese modo de alerta constante.
En la psicoterapia con enfoque de trauma se trabaja precisamente en ese proceso: comprender lo que ocurre en el cuerpo y en el cerebro, recuperar sensación de seguridad interna y ayudar al sistema nervioso a volver a estados de mayor calma y presencia. Con el tiempo, esto suele facilitar también una mejora en la atención, la memoria y la conexión con uno misma y con las demás.
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