Entender el trauma desde el vínculo: no hay nada mal en ti

Publicado el 3 de febrero de 2026, 11:00

El trauma no es solo lo que pasó, sino cómo fue vivido

Cuando hablamos de trauma, solemos pensar en grandes acontecimientos como abusos, violencia, accidentes o situaciones extremas. Sin embargo, hoy sabemos que el trauma no se define únicamente por lo que ocurrió, sino por cómo fue vivido y, sobre todo, por si tuvimos o no apoyo para poder elaborarlo.

Dos personas pueden atravesar una experiencia similar y que solo una de ellas desarrolle un trauma. La diferencia no está tanto en el hecho en sí, sino en el impacto emocional que tuvo y en si existieron espacios seguros donde poder compartir lo ocurrido, poner palabras y construir una narrativa con sentido.

La importancia de los espacios seguros

El trauma se origina cuando atravesamos una experiencia vital con una intensidad emocional que nos desborda y, además, no contamos con espacios seguros donde ser escuchadas. Espacios donde alguien pueda ayudarnos a comprender lo ocurrido y a generar creencias más amables y funcionales sobre nosotras mismas, sobre las demás personas y sobre el mundo.

Cuando estos espacios existen, una niña puede integrar mensajes fundamentales como: “no fue tu culpa”, “tus emociones tienen sentido” o “no hay nada mal en ti”. Estos mensajes actúan como un amortiguador emocional que permite que la experiencia, aunque haya sido dolorosa, pueda ser elaborada.

Pero ¿Qué ocurre cuando esos espacios no están?

Las conclusiones que sacamos para no perder el vínculo

Cuando somos pequeñas, nuestra supervivencia depende del vínculo con nuestras figuras de apego. Necesitamos ese vínculo para vivir, y esta necesidad está profundamente registrada en nuestro sistema de supervivencia. Por eso, incluso ante situaciones graves de negligencia, maltrato o abuso —especialmente cuando ocurren dentro del entorno familiar—, de manera automática e inconsciente aprendemos a callar y a sacar una conclusión muy concreta: que el problema debe estar en nosotras.

No porque sea verdad, sino porque resulta menos amenazante pensar “hay algo mal en mí” que pensar “las personas que deberían cuidarme no pueden, no saben hacerlo o incluso son quienes me hacen daño”. Para la mente infantil, sería profundamente aterrador asumir que quienes tienen que mantenerla a salvo son, en realidad, la fuente del peligro.

En otras ocasiones, la experiencia es tan intensa que la mente no puede procesarla y recurre a la disociación. Esto puede manifestarse como una desconexión emocional, corporal o incluso de la memoria.

Es importante señalar que la disociación no es un fallo ni una debilidad. Es una respuesta de protección del sistema nervioso cuando no hay otra manera posible de sobrevivir a lo que está ocurriendo.

Estrategias que nos ayudaron a sobrevivir

A partir de estas experiencias, vamos desarrollando recursos que nos permiten adaptarnos sin poner en riesgo el vínculo. Algunas personas aprenden a estar siempre en alerta; otras, a desconectarse de lo que sienten; otras, a evitar determinadas situaciones o a vivir con miedo sin saber muy bien por qué.

Estas respuestas no aparecen porque haya algo defectuoso en nosotras, sino porque fueron necesarias en ese momento. Gracias a ellas, pudimos seguir adelante en un entorno que no era seguro emocionalmente.

Así se va formando lo que en psicología llamamos el modelo interno de funcionamiento: la manera en la que nos relacionamos con nosotras mismas, con las demás personas y con el mundo. Este modelo incluye creencias, expectativas y respuestas emocionales que se consolidan a partir de nuestras primeras experiencias.

El problema no es haber desarrollado este modelo. El problema aparece cuando lo que fue adaptativo en la infancia, en la adultez deja de ser funcional y empieza a generar malestar.

Cuando el cuerpo sigue viviendo en alerta

Imaginemos a una niña que crece en un entorno impredecible. A veces recibe cariño y otras veces críticas o enfado sin previo aviso. Para sentirse a salvo, aprende a estar siempre atenta, a anticiparse a los demás y a no molestar.

Poco a poco se va formando una idea interna como esta: “si estoy alerta y me adapto a lo que los demás esperan, estoy a salvo”. Este modo de funcionar le sirve cuando es pequeña, ya que le ayuda a evitar conflictos y a protegerse emocionalmente.

El problema aparece cuando esa niña se convierte en adulta. Aunque ya no viva en ese entorno, su cuerpo y su mente siguen funcionando como si el peligro estuviera presente. Puede sentirse responsable de las emociones de los demás, tener dificultades para poner límites, vivir en un estado de tensión constante o experimentar culpa al priorizarse.

No hay nada mal en ti

Ese modelo interno que un día fue una estrategia de supervivencia ya no es necesario, pero sigue activo porque fue aprendido para protegerte. Desarrollaste los recursos que eran más útiles para cuidarte en ese momento de tu vida. La terapia no busca “arreglar” a nadie, ya que no hay nada mal en ti, sino actualizar esos aprendizajes para que se ajusten a lo que necesitas en la actualidad.

El trabajo terapéutico consiste en ayudar a que tu sistema nervioso comprenda que el contexto ha cambiado, que hoy hay más opciones, más recursos y más libertad para elegir cómo estar en el mundo. Y desde ahí, poco a poco, empezar a vivir con más seguridad, más calma y más conexión contigo.

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