Estrés crónico y desregulación emocional: cuando el cuerpo no logra salir del estado de alerta

Publicado el 21 de enero de 2026, 10:34

En la práctica psicoterapéutica es frecuente encontrarse con personas que viven en un estado de tensión constante. No siempre se trata de crisis puntuales o eventos traumáticos evidentes, sino de una sensación persistente de exigencia, amenaza o sobrecarga que parece no dar tregua. Este tipo de estrés sostenido no solo afecta al bienestar psicológico, sino que deja una huella profunda en nuestro cuerpo.

Comprender qué ocurre a nivel fisiológico cuando el estrés se cronifica nos permite ampliar la mirada y entender muchos síntomas que, a primera vista, pueden parecer exclusivamente “psicológicos”.

 

El eje hipotálamo–hipófisis–adrenal como sistema de adaptación

El organismo cuenta con un sistema diseñado para responder al peligro: el eje hipotálamo–hipófisis–adrenal (HHA). Este eje se activa cuando la persona percibe una amenaza, ya sea externa o interna, real o simbólica. Desde una perspectiva psicológica, no responde únicamente a los hechos, sino al significado que estos adquieren para la persona.

Ante el estrés, el hipotálamo envía señales a la hipófisis, que estimula a las glándulas suprarrenales para liberar cortisol. Esta hormona moviliza recursos: aumenta la energía disponible, mejora la atención y prepara al organismo para la acción. En condiciones normales, una vez que la situación se resuelve, el sistema se desactiva y el cuerpo vuelve a un estado de equilibrio.

Cuando el estrés se vuelve crónico

El problema aparece cuando la activación del eje HHA se mantiene en el tiempo. Esto ocurre con frecuencia en contextos de estrés emocional prolongado: relaciones conflictivas, exigencias laborales constantes, historia de trauma, hipervigilancia aprendida o una sensación persistente de inseguridad.

En las sesiones, muchas personas describen esta experiencia como “no poder bajar la guardia”, “vivir en alerta” o “sentirse siempre al límite”. El cuerpo actúa como si la amenaza no hubiera pasado nunca.

En este contexto, el eje HHA permanece activado de forma sostenida, lo que altera la regulación normal del cortisol y del sistema nervioso autónomo.

Cortisol, inflamación y desgaste psicológico

El cortisol tiene, entre otras funciones, un efecto regulador sobre la inflamación. Sin embargo, cuando su liberación es constante, como ocurre en situaciones de estrés crónico, las células del sistema inmunitario pueden volverse menos sensibles a sus efectos, fenómeno conocido como resistencia al cortisol. Como consecuencia, el organismo entra en un estado de inflamación sistémica de bajo grado: una activación inflamatoria persistente y silenciosa que no genera síntomas agudos, pero sí un desgaste progresivo a nivel físico y psicológico.

Este proceso ayuda a comprender por qué el estrés crónico se asocia con síntomas como fatiga persistente, dificultades cognitivas y de concentración, alteraciones del sueño, sensación corporal difusa de malestar o tensión constante y, en muchos casos, ansiedad y depresión. Cuando el sistema de estrés permanece activado durante largos períodos, el sistema nervioso pierde flexibilidad: puede quedar fijado en estados de hipervigilancia, anticipación constante y ansiedad, o bien evolucionar hacia respuestas de agotamiento, desconexión emocional y apatía, más próximas a la depresión. Estos síntomas no se entienden únicamente como pensamientos disfuncionales o falta de recursos psicológicos, sino como la expresión de un organismo que ha quedado atrapado en un estado prolongado de activación o colapso, adaptándose a contextos sostenidos de amenaza, sobrecarga o inseguridad.

El trabajo en psicoterapia

La psicoterapia no se orienta únicamente a la reducción de síntomas, sino a restaurar la capacidad de autorregulación de un sistema nervioso que ha aprendido a vivir en alerta.

El estrés crónico puede organizarse tanto a partir de experiencias relacionales tempranas inseguras como de factores sostenidos en la vida adulta —como el estrés laboral prolongado, las dificultades económicas, la inestabilidad vital o las relaciones conflictivas— que mantienen activa la percepción de amenaza. El trabajo terapéutico se centra en identificar y resignificar estas fuentes de estrés, desarrollar una mayor conciencia corporal, ampliar la ventana de tolerancia emocional y facilitar experiencias progresivas de seguridad y descanso, especialmente a través de una relación terapéutica estable y coreguladora, para permitir que la persona pueda salir del modo supervivencia y recuperar una vivencia más segura de sí misma y de los vínculos.

Conclusión

El estrés crónico sostenido no es solo una experiencia psicológica, ni únicamente un proceso biológico. Es el resultado de una interacción compleja entre historia personal, contexto relacional y sistemas fisiológicos de adaptación.

Cuando el eje hipotálamo–hipófisis–adrenal permanece activado durante largos períodos, el cuerpo entra en un estado de inflamación sistémica que impacta a nivel global en la salud de la persona. Comprender este proceso permite abordar el malestar desde una perspectiva más integradora, compasiva y eficaz.

Si sientes que el estrés deja de ser algo puntual y se convierte en una forma de estar en el mundo, iniciar un proceso terapéutico puede ser un primer paso para volver a habitar tu cuerpo, las emociones y las relaciones desde un mayor sentido de seguridad y equilibrio.

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